El cine siempre ha sentido una atracción particular por las historias que elevan la temperatura. Relatos donde el deseo se cruza con el poder y los límites morales se vuelven difusos. Ahí están títulos como 50 sombras de Grey, Infidelidad o Bajos instintos, películas que en su momento incomodaron, provocaron debate y dejaron huella por atreverse a mostrar relaciones intensas, obsesivas y, muchas veces, destructivas.
Sin embargo, lo más perturbador no siempre está en lo explícito. A veces incomoda más cuando el sexo se mezcla con ambición, inseguridad y una silenciosa lucha de poder que se filtra hasta la intimidad. Cuando el deseo deja de ser un juego y se convierte en un arma. Netflix lo entiende bien y, de vez en cuando, apuesta por historias que no piden permiso ni suavizan el golpe.
Ese es el caso de Juego limpio, dirigida por Chloe Domont, una cinta que combina erotismo, thriller psicológico y drama corporativo de forma directa y brutal. La historia sigue a Emily y Luke (Phoebe Dynevor y Alden Ehrenreich), una pareja joven, exitosa y recién comprometida que aparenta estabilidad y armonía. Ambos trabajan en una despiadada firma financiera de Nueva York, donde la ambición no solo se tolera: se exige.
Todo cambia cuando surge un codiciado ascenso dentro de la empresa. Al inicio hay apoyo mutuo, sonrisas y discursos de pareja ejemplar. Pero pronto esa complicidad se vuelve tensa, incómoda y venenosa. El éxito de uno comienza a percibirse como la amenaza del otro.
Lo que sigue es una espiral de celos, resentimiento y juegos psicológicos que se cuelan incluso en los momentos más íntimos. Juego limpio no se guarda nada y muestra con crudeza cómo el poder puede deformar una relación desde adentro, hasta convertir el deseo en algo oscuro y perturbador.
Esta no es una película erótica convencional. Aquí el sexo no busca seducir al espectador, sino incomodarlo. Las escenas íntimas son tensas y ásperas, no por lo explícitas, sino por la carga emocional que arrastran: humillación, competencia y miedo a perder el control.
Uno de los grandes aciertos de la cinta es que no suaviza su discurso ni ofrece moralejas fáciles. No hay héroes ni villanos absolutos, solo personas empujadas al límite por un sistema que premia la ambición sin medir las consecuencias.
¿Por qué verla? Porque Juego limpio no es cómoda, no es romántica y no idealiza las relaciones modernas. Es una película que se mete en terrenos incómodos y deja una sensación extraña al terminar. Justo ahí radica su fuerza.
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